NADA NUNCA A NADIE

Por: Martín Alanís*

La tarde caía y con ella arrastraba el cielo oscuro de la noche.

Era verano o primavera y el hombre -adulto, alto, moreno, de manos grandes- llevó al niño hasta el patio de su casa. Ahí, entre los helechos y jazmines, sucedió todo.




Hubo un niño que -a los diez, once, a los doce años quizás; no lo recuerda- conoció qué forma, sabor y textura tenía el miembro erecto de un hombre adulto, alto, moreno, de manos grandes.



Hubo un tiempo que el niño no recuerda cuántos minutos fueron: si dos, tres, cinco. O media hora. Hubo un niño que recuerda un hombre desprendiendo su pantalón e indicándole que lleve su miembro erecto a la boca.



Hubo un niño que, una tarde de primavera o una noche de verano, obedeció en silencio. Y un hombre que intentó varias veces, pero sin éxito, entrar en él.



Hubo un hombre asustado que se libró del niño como quien espanta una mosca que vuela sobre una fruta podrida; un hombre que subió apurado el cierre de su pantalón y se fue. Y hubo un niño que en una tarde o una noche de primavera o de verano, no podía entender por qué le temblaban las piernas.



Hubo esto: asco, culpa, miedo, silencio y vergüenza. Hubo esto: piernas que temblaban, un niño llorando; un corazón roto.



Hubo un niño que al día siguiente fue la escuela y que, durante el primer recreo, se quedó encerrado en el aula rogando que sus compañeros no sospecharan que la tarde o la noche anterior, él había hecho algo malo. O peor: que él había hecho algo sucio.



Hubo un niño que creció -sin saber por qué- con asco, con culpa, con miedo y con vergüenza de lo que una tarde o una noche de primavera o de verano, cree que hizo… o que dejó suceder.



El niño ingresó a la adolescencia con un pie izquierdo y de ese hombre alto moreno con manos grandes, tuvo apenas noticias: que seguía viviendo, por ejemplo, con su mujer y sus hijos. Después no supo nada más.



Pasaron los años y el niño que no dijo nada nunca a nadie, siguió creciendo: fue adolescente, fue alumno, fue buen hijo, buen amigo, buen sobrino, buen todo. Hubo, contra todos los pronósticos posibles, un niño que de adulto aprendió que la felicidad puede romperse hasta reducirse a una bolsa de huesos rotos.



Hubo un adulto que, durante años, no volvió a hablar ni recordar esa tarde o esa noche de primavera o de verano ni a ese hombre alto moreno de manos grandes.



Hubo un adulto que cada vez que ve un helecho, toma aire y camina y camina y camina hasta que su memoria logra borrar, aunque sea por un instante, ese recuerdo que lo persigue porque no tiene fin.







*Martín Alanís ​ (La Rioja-Buenos Aires)​ ​​estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Rioja y  una especialización en Periodismo Narrativo en la Fundación Tomás Eloy Martínez. Colabora en diferentes semanarios digitales, como DataRioja y Esquiva: Periodismo Cultural. En Twitter es @CMartinAlanis.