Las cocineritas

Por: María Graciela Galván*


“Las niñas prefieren lo que sorprende a la vista y sirve para el adorno: espejos, joyas,
cintas, muñecas sobre todo: la muñeca es el entretenimiento especial de ese sexo; evidentemente ahí tenemos su gusto determinado por su destino”

Emilio (cap. 5 Sofía) J. Jacques Rousseau



En las tardes de verano, desobedeciendo la orden de dormir la siesta, nos refugiábamos bajo la fresca sombra de los árboles del jardín.
Silenciosas cavábamos un pozo en algún cantero abandonado y removiendo la tierra echábamos agua con la manguera.
Hundíamos nuestras manos y la mezcla del barro de un marrón brillante se transformaba maleable a los caprichos de nuestra imaginación de reposteras.
Bollos, medialunas, tortas y rosquillas se iban secando al sol, para ser decoradas con batidos de jabón y semillas de colores.
Armábamos la panadería sobre la desvencijada mesa de hierro y nos entreteníamos con ventas, cálculos y ganancias mientras mi hermana menor se encargaba de llevar los pedidos “de mentiritas” que recibíamos por el teléfono de juguete.
Y así durante tardes repetíamos “el cómo sí”, hasta que un nuevo juego nos atrapaba. Entonces las medialunas, los bollos y las rosquillas quedaban olvidadas, deslucidas en su atractivo.
Otras veces despatarradas bajo la galería nos turnábamos leyendo en voz alta el libro Mujercitas, modulando nuestras voces encarnábamos a las protagonistas. Ingenuamente subyugadas por la coincidencia de ser también cuatro hermanas.
Eran tiempos en que las medianeras separaban de forma armoniosa el paisaje entre verdes y ladrillos. Separación de mundos tan distintos como el de nuestros vecinos, que según palabras de mi madre eran - “unos salvajes”.
Los días transcurrían con la placidez veraniega, hasta que una tarde entró Anita llorosa, ofendida por el insulto de los vecinitos que le habían gritado - ¡gorda tetona! , aprovechando que solitaria saltaba a la soga.
Decididas corrimos en defensa de nuestro pudor de niñas vulnerado.
Nos trepamos al tapial, semi-ocultas entre las hiedras, apenas asomadas atacamos con furia utilizando como proyectiles la repostería endurecida que había languidecido por días en la mesita del fondo.
Algunos tiros fueron certeros y el grito doloroso de los desprevenidos varones motivo de nuestras burlas y risas provocadoras - ¡Mariquita! Leru, leru.
Y ahí se inició un contrataque, un bombardeo de mandarinas que se estrellaban sin dar en el blanco, salpicando de jugos dulzones plantas y paredes.
Pero nuestra ubicación desde la altura nos privilegiaba la puntería. Paulatinamente como heroínas míticas de una lucha ancestral fuimos venciendo a nuestros contrincantes. Ellos más heridos en su hombría que gravemente lastimados emprendieron la retirada como infantería derrotada.
Mientras nosotras enardecidas festejábamos con vítores de – ¡vayan a llorarle a mamita!
De pronto al escuchar la voz de nuestro padre ordenando: - ¡fíjate qué están haciendo las nenas!, interrumpimos nuestros gritos enardecidos.
Pero como ya atardecía, nos anticipamos obedientes, bajando presurosas, felices y sedientas para terminar mordisqueando las mandarinas desparramadas por el césped, sintiéndonos triunfantes amazonas.


*María Graciela Galván
 Antropóloga y Magister en Problemática del Género- UNR. "Al jubilarme decidí retomar el crear desde las acuarelas y la ficción para contar y contarle a mis nietas"...