Historias debidas

Por: Martin Alanis*

Series que interpelan más que otorgar certidumbres son el tipo de historias que todos y todas necesitamos ver para entender de qué va esto: la sororidad.


Tenía 14 años cuando los días miércoles peleaba por el control remoto con mi abuela. Corría el año 2004 y la televisión por cable significaba un salvavidas para el aburrimiento galopante de un adolescente que no tenía más que series para pasar la noche. Creo que aún no teníamos Internet en casa; los celulares no eran tan inteligentes como ahora y el mío casi siempre estaba con el saldo en cero. Pero cada miércoles, a las 9 de la noche, sabía que en "Desperate Housewives" podía encontrar no una, sino hasta cinco mujeres que con sus historias podía tenerme hipnotizado frente a la pantalla del televisor por lo menos durante una hora. Eso sí, siempre y cuando mi abuela no me gane de antemano y cambie de canal: el noticiero local era su prioridad. Con la multiplicación de pantallas en casa, pude ver -desde el 2004 hasta el 2012- ocho temporadas donde un puñado de amas de casa desesperadas me enseñaron, sin saberlo, un concepto que aprendería casi una década después: sororidad.


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La Real Academia Española define la sororidad como una "agrupación que se forma por la amistad y reciprocidad entre mujeres que comparten el mismo ideal y trabajan por alcanzar un mismo objetivo". Pero más allá de este concepto académico, las mujeres de Wisteria Lane allanaron el camino de un joven de 14 años, que intentaba a duras penas construir una identidad propia en un mundo adolescente que hasta el momento se sostenía en pilares tradicionales y católicos en una sociedad tan cerrada, machista y homofóbica como lo era por entonces -y a veces, sigue mostrando la hilacha-: La Rioja. No era fácil compartir a esa edad un recreo cuando la mayoría de los pibes y los pibas estaban interesados en qué dijo quién de qué o quién se chapó a quién, cuando en mi cabeza personajes ficticios como Bree Van de Kamp o Lynette Scavo intentaban que la vida no se les vaya de la mano como el relleno de un pastel que se saca antes de tiempo del horno.


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La inclinación temprana a este mundo de apariencias por mantener inició mucho antes: aún recuerdo las comedias románticas protagonizadas por Julia Roberts que mi vieja me dejaba ver con ella. Claro que los 7 u 8 años me era imposible cuadrar que una prostituta tenga una historia de amor con final feliz o que una novia fugitiva se escape de sus prometidos; pero de algo estaba seguro: estas mujeres, aún en la pantalla grande, me estaban contando algo. Intercalando estas películas, entre Pokemon y X-Men, llegué a una adolescencia con una identidad que planteaba más incertidumbres que certezas con respecto a mis pares. Imaginen lo irónico que fue tener que asistir a Educación Física en la secundaria y trotar no sé cuántas veces a la cancha de fútbol sin poder entender por qué una mujer que recibe el llamado del hospital informándole que su marido acababa de fallecer, decide primero sentarse plácidamente en el comedor de su casa, pulir hasta el último tenedor de su vajilla y recién ahí -una vez que la tarea doméstica llegaba a su fin-: se desplomaba sobre la mesa a llorar.


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Durante años, estas historias cotidianas de amas de casa al borde de sus propios abismos me acompañaron y de cierta forma contribuyeron a que desarrolle un olfato propio para detectar cada vez que mis amigas estaban enamoradas, perdidas, rotas, dolidas y desesperadas. De todas las batallas que una mujer tiene que dar en su vida, siempre me llamaron la atención aquellas que encontraban lugar en situaciones cotidianas: desde decidir qué preparar para el almuerzo hasta tener que anunciarles a sus parejas que la relación ya no da para más. Lejos de una mirada reduccionista, admiraba la capacidad de las mujeres que me rodeaban para sobrevivir a la cotidianidad atravesada de injusticias  y desigualdades que tenían que soportar por el solo hecho de ser mujer.



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Vamos a dar un salto en el tiempo: año 2017. Llega a la pantalla de HBO "Big Little Lies", la miniserie producida por Reese Witherspoon y Nicole Kidman. Aun sin ver un capítulo, muchos estimaron que se trataba de una versión pro de "Desperate Housewives", a.k.a. mujeres ricas con white people problems. Cansada de leer guiones donde las mujeres ante una situación de crisis, se giraban hacia el chico para preguntarle “¿Qué hacemos ahora?”, Reese Witherspoon armó su productora, empezó a devorar libros y producir historias donde las mujeres sean protagonistas que no solo se limiten a preguntarle al protagonista masculino qué hacemos ahora. Entonces apostó fuerte y ganó: "Gone Girl" (David Fincher, 2014) y "Wild" (Jean-Marc Vallée, 2014) recolectaron en total tres nominaciones al Oscar. Al terminar de leer el libro de Liane Moarty, se lo recomendó a Kidman y juntas produjeron "Big Little Líes" (2017), que empezó como una mini-serie y después de un éxito rotundo en la temporada de premios, renovaron contrato por una temporada más donde se suma nada más y nada menos que Meryl Streep. Qué hacemos ahora: contar historias de diferentes edades, diferentes etnias y diferentes ocupaciones. "(Estas mujeres) son audaces, malditas, peligrosas y triunfadoras como las mujeres reales de nuestra vida" señaló Witherspoon en un discurso que dio en el 2015 cuando recibió el Premio de Mujer del Año que otorga Glamour. Big Little Lies: la Liga de Justicia Feminista que volvió a redefinir una vez más los esquemas sobre los cuales había construido mi vida. "Y sí, te gusta porque son amas de casas con problemas" era la respuesta de mis amigos. Pero no. Siempre hay más.



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¿Qué escondemos al bajar la mirada cuando estamos rodeados de amigos? ¿Cuánta mugre barremos bajo la alfombra para evitar que nuestros vecinos comenten después nuestra suciedad? ¿Qué secreto lúgubre callamos al momento de dormir pensando que si no lo verbalizamos nunca se hará realidad? ¿Cómo llorar en el baño del trabajo y tras secarse las lágrimas, salir como si no hubiese sucedido nada? ¿Y cómo de alguna manera u otra salimos a flote pese a la vida que edificamos se cae a pedazos a nuestros pies? Series que interpelan más que otorgar certidumbres son el tipo de historias que todos y todas necesitamos ver. Historias que nos incomoden, que nos entristezcan, que nos hagan reír en la misma medida que nos hagan llorar. Historias que trasciendan géneros, lugares, etnias; mujeres desesperadas que guardan grandes pequeños secretos. Y que sobre todo que trasciendan la pantalla para que podamos preguntarnos y re-preguntarnos una y otra vez por qué la sororidad es justa y necesaria en estos tiempos. Y por qué las mujeres dejaron de preguntar qué hacemos para empezar a actuar.


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Yo dudo que mis abuelas fueran feministas. Con la que peleaba por el control remoto no dejaba que ayude a mis primas a limpiar porque eso era "cosa de mujeres y no de hombres". La otra me decía que tenía que caminar derecho, sacando siempre pecho "como hombre"; aunque a decir verdad lo hacía con la gracia de Pepe Cortisona, el rival de Condorito. Pero no las culpo, ni tampoco creo que haya sido conscientes de la imperiosa necesidad de cómo la sororidad las hubiese ayudado a entender bien -no mejor-, el lugar que ocuparon en sus vidas. Mientras escribo esto pienso: ¿quién soy yo para decirles lo que tienen qué hacer? Un hombre más. ¿Un hombre más diciéndoles a las mujeres qué hacer o qué decir o cómo actuar o qué pensar? De esos, abundan. Sí hay historias debidas de mujeres que todos y todas necesitamos ver y necesitamos escuchar para empezar a entender de qué va la sororidad.



*Martín Alanís (La Rioja-Buenos Aires)​ ​​estudió Comunicación Social en la Universidad Nacional de La Rioja y  una especialización en Periodismo Narrativo en la Fundación Tomás Eloy Martínez. Colabora en diferentes semanarios digitales, como DataRioja y Esquiva: Periodismo Cultural. En Twitter es @CMartinAlanis.