S/T

 Por: Leandro Gabilondo* 

Mis viejos nunca viajaron en avión. Mi hermano, mi hermana y yo sí. Los tres conocimos otros países, otras culturas; pero mis viejos no. Para ellos, viajar siempre fue algo inalcanzable, secundario, fuera de contexto. De hecho, mis únicas vacaciones en familia fueron en el verano de 1990. Pasamos unos días en Banco Pelay, Entre Ríos, en carpa. A ese viaje vinieron con nosotros La Grillo, Jorge y El Agu. Amigos de toda la vida. Tengo esos días en mi memoria con cierto aire mitológico, como si fuese el inicio de algo maravilloso. Quizás lo fue, quizás no, qué importa, yo lo siento así.

Hace un par de fines de semanas, tomando mate con mi vieja vi una foto donde El Agu, con una casaquita de Boca de piqué, nos abraza a mi hermano y a mí que lucíamos una igual, pero de River Plei. Los tres posando muy facheros en la playa entrerriana. Pato tenía ocho, El Agu cuatro y yo cinco. Éramos flaquitos raquíticos con una panza redonda y durísima, como si nos hubiésemos tragado una Tango. Según mi viejo, en esos días nos enseñó a nadar a los tres en las aguas del Uruguay. No sé si es verdad, pero me gusta pensar que sí. Tengo una imagen media nublada de la situación, no sé si porque él insiste que fue así o porque lo recuerdo posta. En esas fotos que están en una caja, en Arrecifes, también hay una de esos días donde mi vieja tiene una permanente muy cool, corte Tina Turner, y una malla entera rosa con rayas negras. Potra mal. Mi viejo, más blanco que Kafka en su foto carnet, con un físico impecable de jugador del Ascenso y un cortito azul Adidas. Están sonriendo, como queriendo evitar que les saquen la foto. Es una imagen hermosa, muy ellos en nuestra infancia. Cuestión que en Banco Pelay pasé mis únicas vacaciones familiares en treinta años, porque el mundo nos quedaba lejos, porque la prioridad de mis viejos era otra. Y es un flash darme cuenta con el tiempo que esa prioridad éramos nosotros. Asegurar lo básico, que no nos falte nada para que algún día, si así lo deseábamos, tengamos las herramientas para poder viajar solos, para ser personas autónomas, en todo sentido. Por ejemplo, desde primer grado nos mandaron a inglés particular. Nos taladraban la cabeza, era una obligación más, como la escuela, nos pedían por favor que no abandonemos, que hagamos el esfuerzo, que ellos iban a pagar lo que sea, pero que por favor no faltemos, que prestemos atención. Puede parecer una pavada, pero para mí es impresionante esa capacidad de protección intelectual sin hacernos sentir presión, siempre desde el cariño, desde el “no sean boludos, hagan caso, es por su bien”, seguido de un abrazo.

Ahí es donde encuentro un mecanismo de amor letal, una generosidad inabarcable que me genera admiración absoluta. Porque mi hermana con sólo diecisiete años ya pudo viajar, porque mi hermano pudo, porque yo también. Entonces, aguanten esas herramientas, porque cuando yo era un guachín rollingoso que se pasaba la siesta leyendo y les dije que iba a estudiar Letras, mis viejos en ningún momento me pusieron en duda. Ellos, a los que todo les costó tanto, nunca pensaron que la literatura era materia inerte de un sistema en el que hay que sobrevivir. Sólo me preguntaron si estaba convencido, contesté que sí y ya. Huevo y corazón. No se habla más. Vaya, deje la vida en lo que ama o vuelva a laburar de lo que pinte. Gracias a eso, si bien mi deuda y mi recelo con la academia me acompañará siempre, pude formar “el violento oficio de escribir” y desde los veintidós me gano la vida así.

A veces quemado, cansado, hinchado las pelotas de las nueve horas diarias frente a un Word, de los fines de semana en los que escribo freelo, pero con un orgullo y una felicidad enorme de laburar ininterrumpidamente para lograr la autonomía que mis viejos cranearon para mí y para mis hermanos, desde que tengo uso de razón. Por eso lo festejo, por eso no me permito pasarlo por alto. Después de ahorrar, después de hacer el sacrificio necesario, hoy tengo los pasajes para viajar unos veinte días a Manchester para visitar a un amigo y conocer a su hijo. Además, voy a conocer Edimburgo, Glasgow, Dublin, Cardiff y Londres.


Ahora que sólo restan unos días para que salga el avión, me conmueve, porque yo también muchas veces lo creí inalcanzable, yo también puse gran cantidad de prioridades por delante, pero fueron mis viejos los que más me insistieron para que me decida, para que me anime. Qué sé yo, a los que viajar les resulta una constante puede que lo consideren una melancolía absurda, incluso, una exageración; pero mis viejos nunca tuvieron pasaporte, nunca. A mí, cuando me lo entregaron, lo primero que se me vino a la cabeza fue pensar en ellos. Por eso fui y lo puse en una esquina de mi biblioteca. Hasta que me vaya, es ahí es donde siento que tiene que estar, porque aunque todavía tenga las hojas vacías, está escrito por todos los libros que leí en mi vida. Y si hay algo que tengo claro es que no conozco otra forma que se acerque más a la libertad que leer.


*Leandro Gabilondo nació en Arrecifes en 1985. Vivió y estudió en Rosario, pero desde 2007 vive en Capital Federal. Sus dos poemarios, Delivery con lluvia (2012) y Retiro (2013), fueron editados por Espiral Calipso. Con la misma editorial rosarina acaba de editar La pertenencia, el libro que lo hizo ingresar en el mundo de la prosa. Además, se lo puede leer en http://telojuroportuhamster.blogspot.com.ar/, donde publica sus poemas desde 2009.