"¿Y vos querés ser un escritor?"

Por: Ignacio Romero* 

Siempre pido agua en cenas de negocios. Pero esa noche necesitaba una cerveza que me saque de la estandarización de la vida. El plato de entrada, abundante como para no tener que pedir nada más. El principal, siempre carne con rúcula y parmesano, ensalada de frutas y el café. La charla acartonada. Se habla un poco de la familia, se toca por arriba para no mostrar los puntos flojos. Después empezamos con las mentiras: las ventas excelentes, los gastos de estructura, los márgenes bajos. Siempre lo mismo, como una producción en cadena. Con la cerveza, toda esa mierda desaparece.
Tomé de más. Ya empezaba a confundir los nombres de los proveedores. Me levanté con el mismo equilibrio que un bebé de ocho meses y fui al baño. Estaba borracho, meé la tabla y el piso. Me mojé la cara con agua fría y cuando me vi en el espejo, pensé en lo que siempre decía Pancho: “Las hormigas te matan por dentro”. Estaba seco, gastado, el que me miraba desde el espejo era alguien que no conocía. Me acomodé el pelo y volví a la mesa. Dije que me esperaban en casa, pagué la cuenta y busqué el auto que estaba estacionado en la calle. No sabían que vivía solo.
El reloj en el tablero marcaba las once de la noche. Nos habíamos reunido temprano a la mañana pero ya saben lo que dijo Perón: “Si querés que algo no funcione, crea una comisión”.
Tenía espacio, pero la cerveza y el cansancio me jodían la maniobra. Manejaba tan despacio que las bicicletas me pasaban. En un semáforo, vi a un tipo sentado en una reposera que tomaba cerveza del pico. Tenía alrededor de  cuarenta años y en la cara no se le notaba la cuota de la prepaga, la matrícula del colegio de los chicos ni la primera quincena en un balneario brasilero. Tenía la calma de un monje que no espera nada. Le chupaba un huevo el dólar a catorce, el alquiler o que ese día fuese jueves. Levantaba la botella y le daba un beso largo. Me daba envidia. Esa paz era anacrónica. Nada lo movía de su silla y su porrón. Me pregunté si era feliz. Me pregunté si era más feliz que yo, que estaba sentado en un auto con asientos de cuero y el aire a 19 grados. Mirando a ese hombre, sentí que había vivido equivocado.
Alguien me tocó bocina. Antes de arrancar, prendí la radio. No quería pensar más y necesitaba del ruido para no dormirme. Estaban repitiendo una entrevista a Fabián Casas que le habían hecho en un Festival de Poesía. Le prestaba la misma atención que a las instrucciones que dan las azafatas antes de despegar. Pero entonces dijo “en términos de dinero y reconocimiento, la literatura no me dio nada”. Tuve que frenar, no podía concentrarme. Explicaba que él no tenía auto, ni casa propia ni un buen pasar económico. “La guita que me dieron los libros la usé para extras, como instalar la calefacción de mi casa”, y aclaraba que vivía gracias al periodismo. Esa misma mañana había estado pagando publicidad para mi nueva página de Facebook. Me sentí un boludo.

No había cerrado las ventanas de mi casa. Cuando entré, sentí que estaba en el infierno. Fui dejando la ropa tirada a medida que caminaba hacia el baño. Abrí la ducha, el agua que caía de la flor parecía venir del Calafate. La disfrutaba, ese momento era lo mejor que me había pasado en el día. No estaba equivocado él que dijo: “Tener menos, para tenerse más”.
No necesité Rivotril. Soñé que estaba en un hospital de Los Ángeles. Lo veía a John Fante ciego en un cama, agonizando. En una radio vieja, alguien transmitía un partido de los Dodgers. Esa era una pésima forma de morir para alguien que había dicho tanto. En el bar que quedaba en la esquina me crucé con Bukowski. Tenía sombrero, camisa celeste y bermudas. Del hombro izquierdo le colgaba un bolso lleno de cartas. Sabía que le gustaba estar solo, pero lo invité con una cerveza. Le comenté lo del hospital. Vació el vaso, se limpió la boca y dijo: “escribir es divertido y peligroso, pero no le ponen margarina a la tostada ni alimentan al gato. Y terminás renunciando a la tostada y comiéndote al gato”. El bar era viejo y sucio, visitado por muchos escritores. Acostado en la puerta, famélico, estaba Vallejo. Me resultó raro verlo a Borges acodado también en la barra. Tenía una panera por sombrero, y repetía con remordimiento: “No he sido feliz”. En una mesa, Hemingway tomaba solo. Quise saludarlo, pero un ruido a escopeta me levantó.

Tenía ganas de mear otra vez. Al parecer, había tomado también en el sueño. No pude volver a dormir. Una pregunta sonaba en mi cabeza como un gong: ¿Para qué lo hago?

Tenía un cuaderno en el que anotaba las respuestas de otros escritores. Flaubert decía: “Escribir es tener una vida de perros, pero es la única vida que vale la pena vivir”. Era común,  entre los escritores, y lo es hoy en día, quejarse de lo poco que ganaban. Ninguno se moría de hambre. Pero Enrique Syms, que es un escritor gigante, necesitó de una colecta para poder operarse.
Lord Byron confesaba que si no vaciaba su mente escribiendo, se volvía loco. Ezra Pound estuvo encerrado en un manicomio. A Hemingway le hicieron electroshock. Sylvia Plath murió sin prender el horno. Toole lo hizo encendiendo el auto en el garage. Muy pocos llevaban a viejo.
“Porque no sé nadar” es la respuesta que más me gustaba. Es de un francés del que no recuerdo su nombre. Simple y eficaz. No utilizaba ningún poder sobrenatural, no hablaba del alma ni de volverse loco. La frase coincidía con otra de Rilke que decía “si puedes vivir sin escribir, entonces no escribas”.
Escribí en el cuaderno una carilla. Decía que aunque no me consideraba escritor, sentía que de esa forma me conocía. Después hablaba del alma. Usaba frases como: “La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo”. Cuando terminé, había escrito seis páginas. Las releí, tratando de buscar alguna oración que se asemeje a una de un escritor. Pero era un texto plano de un niño sin preocupaciones ni coraje. Me amargó la idea de que yo no estaba en el mundo para escribir. Que era otro sueño que iba a ser sustituido por uno nuevo. Como la guitarra anterior.
Miré el reloj y eran 4.30. Pensé que era tarde para volver a dormir. Entonces agarré una reposera, destapé una cerveza y me fui a la vereda. Afuera no hacía tanto calor. Le di un beso largo mientras miraba los autos pasar. Me pregunté si a esa hora volvían de algún boliche o iban a trabajar temprano.


*Ignacio Romero 
Nació en Rosario en el año 1982. Nunca se fue de la ciudad. Estudió Ciencias Económicas, y a duras penas logró terminarla (un error del sistema).
Hasta hoy, no ha publicado ningún libro y salvo que ocurra algún hecho sobrenatural, no cree eso que vaya a hacerlo. Escribe en un blog: http://www.alvobotta.blogspot.com otros textos de igual o inferior calidad.