El Anhelo de navidad

Por Paloma G. Bosque*

Una de las cosas que más me impresiona de Alemania es la manera de celebrar las fiestas de fin de año. Están llenas de tradición. eso significa que todos los años se hacen las mismas cosas, igualitas al anterior y así por los siglos de los siglos, o por lo menos lo que dura una vida humana.
En mi casa de origen todo era más bien precario, nunca se sabía cómo iba a ser el árbol de navidad, por ejemplo. El año que más me gustó a mi, fue el del árbol de plumavit con agujeros de distinto tamaño, mi mamá, en cambio, prefirió siempre su propia idea de poner una guirnalda de luces de colores -ampolletas pintadas por ella- en el guindo cargado ya de frutas del jardín. Ella decía que la tradición de la nieve era ridícula en un país en verano. Tenía razón, seguro, pero es que la navidad no es realidad y tampoco es del sur, pero eso no lo sabía yo en esa época.
El que menos me gustó fue el que yo inventé después del golpe militar, cuando nos quedamos ellos y yo solos.
No tenían las fuerzas, mis padres estaban viejos y cansados, esos años más que nunca. Yo me declaré “la alegría de vivir“ de ellos y puse las bolas de navidad en la ventana. Era una especie de vitral de navidad. Como las pegué con lo que pillé, se fueron cayendo de a una, pero aguantaron hasta el 24, algunas. Yo tenía 10 años así es que absténganse de abrir la boca contra mi técnica de bricolage. ¡Los niños y su creéncia de que son la alegría de otros! Pobres, pobre yo.
La cosa no mejoró nunca más porque después se enfermó mi papá y se murió cuando yo tenía 17. Una porquería de tiempo por donde se lo mire.
Con padres viejos y cansados y con navidades previas que siempre tuvieron árboles distintos y sorprendentes, obvio que lo que yo más añoraba en la vida -a parte de estabilidad económica- era que las cosas no cambiaran, que nadie se fuera al exilio, que nadie me dejara a crecer con otros, que todo fuera cada año igual. Más tarde, hubo 4 años con la familia extendida de vuelta, pero yo ya era un adulto y los recuerdos de infancia ya estaban fijados.
Intenté estabilidad y repetición metiéndome a alguna familia amiga. Tuve mis éxitos en esto. Pero la navidad es un tiempo de familia íntima y mi familia fueron esos dos viejitos con los que pasé sola la parte más larga e importante de mi vida, desde los 10 a los 21.
Solos, los 3 hasta los 17, solas las dos hasta los 21. Y con diferentes árboles de navidad y después con distintas partes de la familia a la que visitábamos.
Nunca quise que mi hijo tuviera lo mismo. Yo quería que tuviera tíos y abuelos y otros hermanos y hasta padres jóvenes. No me resultó.
Cuando llegué a Alemania, Dierk celebró para mi cada una de las fiestas que ellos tienen: empezó con Sn Martín, que es la fiesta de la cosecha y la gente "comparte" panes y salen los chicos a pasear con sus faroles hechos de papel y velas, siguió con Sn. Nicolás, que es como si viniera el viejito pascuero y te dejara dulces el 6 de diciembre, después vinieron los 4 advientos y sus manzanas asadas rellenas con mazapán, las hacía un amigo, con quien vivíamos en esa época de estudiantes, y por fin, la navidad con su café, mucho Kuchen, los regalos,  la cena. El 25 se visita a los abuelos y se come el ganso de navidad con col roja y “milcáo“ a la alemana. Todo esto remata el día de año nuevo comiendo un pescado al que llaman "Carpa". Y eso se repite y se repite año tras año. Y fueron 10, el período de tiempo más largo de mi vida sin cambios. O casi.
La familia de Dierk estaba dirigida por la abuela. Cuando moral y dinero se juntan, los demás se callan. Y la vieja era amable, en las dos direcciones de la palabra. El árbol es rojo y plata, punto, decía la abuela. La Omi nunca habría permitido luces de colores, menos que titilaran. Eso, señores, habría sido una gringuería que ningún alemán de buena familia sigue. La Oma era una persona que consideraba los espaghetti con carne molida y salsa de tomates, una comida "extranjera" y por lo tanto, ella no sabía como se hacían, y ¡a mucha honra!
Había un pesebre que los niños habían comprado en España, cuando las vacaciones de la familia tomaron esa tradición, la de hacerlas en Mallorca, y rompieron con el viento y el verano frío del mar del norte. Esa era la variación autorizada, no otra.
Yo asumí la tradición de cortar el ganso del 25 con mi suegro porque varias generaciones de solo hijos, solo varones, convirtieron la tradición en un suegro y una nuera. También asumí el poner el arbolito con mi marido, porque eso es lo que se hacía. El hijo mayor y su mujer. Todo duró la vida de la abuela y yo tuve la suerte de compartirlo con ella muchos años.
No está demás recordar en este recuento de repeticiones idílicas para mi, la gran peléa entre los miembros de la familia cuando ya no se aguantaba más estar tan cerca unos de otros, ahí desaparecíamos en dirección a nuestra casa y nuestra propia vida.
Hace como 15 años que estoy sin la abuela, sin la Oma, yo impuse entonces mi arbolito y es el ÚNICO arbolito que conoce Adrián, nuestro hijo. Como ME volví a quedar sin familia que sintiera que pasar navidad juntos era una necesidad, empecé a tratar de no pasarlas solos. Por Adrián, me decía.
¿Saben cuál es el resultado?
Adrián, de 17, dice que odia el arbolito este con las naranjas y las bolitas transparentes y tornasoladas, y todos los adornitos que hemos ido haciendo él y yo durante los años. Él quiere, o un árbol distinto cada año, como le conté que lo sufría yo, o el rojo y plateado de su bisabuela. Además, me dijo que si nosotros eramos 3, no quería salir a ninguna otra parte más que quedarse en casa y ser 3. Y que no soportaba esa manía de andar preguntando quién venía a celebrar con nosotros.
Estamos a punto de que Adrián salga de casa al mundo y pensé que ya es hora de tomar lo que hay, de cosechar, y de ser suficiente de una vez por todas. Él, yo y Dierk somos suficiente, no me importa el arbolito, ni la constancia más que de los lazos que hay entre nosotros. Y ese es el tema de la navidad, estar con quien no podrías no estar, con quien siempre hará falta en tu vida.
De ahí les cuento cómo nos fue.



Yo diría de mí que:
Me llamo Paloma G. Bosque. Nací en Santiago de Chile y crecí en dictadura, soy de los 8otas. Me vine a Alemania justo cuando mi país volvía a la democracia. Allá quería ser bioquímica y acá tengo un magister en Ciencia Política y filología románica, para finalmente dar clases de lengua y cultura hispana  -como adjunta, no vaya usted a creer- en una universidad acá. Estoy casada con el mismo alemán desde hace más de 20 años y tengo un hijo que ya casi sale de la adolescencia. Vivimos al sur en una ciudad a la que se le llama, la „Atenas al Neckar“.
Soy extranjera casi todo el tiempo y aunque me canso a veces de serlo, en general me gusta interpretar este estado como un permiso constante para ser distinta y bailar fuera de todas las filas. 
Me gusta reflexionar escribiendo.