Cronos versus Baco: cuando la fiesta mata al tiempo

Por Juan Manuel Zuluaga Robledo*


Creo que Cronos y Baco han sostenido desde siempre una cruenta guerra, tan memorable como la que tuvieron don Carnal y doña Cuaresma en El libro del buen amor, confeccionado por el Arcipreste de Hita. El tiempo y el espacio se modifican con el calor y el entusiasmo desplegado en una fiesta. Es común escuchar la expresión de un tiempo que va volando al calor de una conversación entre amigos, cuando celebran un evento importante, o, cuando festejan un logro preponderante en medio de licores, ablaciones profanas y sacras, y rituales de toda índole.

Matamos al tiempo gracias a las inhibiciones que se mueven más festivas y alegres que las agujas de los relojes, aquellos inventos de medición que el género humano forjó desde sus antigüedades –desde las eras de Ptolomeo, también de Marco Vitruvio Polión-o las curiosas mediciones del Cronos hechas por los mayas.  Para los griegos, Cronos era el dios de las edades. Figura mítica de tres cabezas, el toro, el hombre, el león, tuvo vínculos sexuales con Ananké –deidad de la inevitabilidad-, curiosa copula que originó el universo clasificado en la tierra, el cielo, y el mar. Luego de este acto sexual de creación, Cronos permaneció remoto, incorpóreo, orquestando la rotación del cielo, vigilante perpetuo del paso del tiempo. 


Más aún, nuestra obsesión con el tiempo ha sido descomunal desde orbes pretéritos, pero también una de nuestras ambiciones ha sido matarlo, desterrarlo, forzarlo para que pase ligero, sin aspavientos y contrariedades. Por medio de nuestras fiestas, con el rey Baco a la cabeza, buscamos herir a Cronos: queremos que su reinado omnipresente, su dictadura eterna, pase sin pena. Buscamos achicar su soberanía, su tiempo de dominio, en el que nos volvemos finitos, viejos, en el que nuestro cuerpo se resquebraja ante las oscilaciones del Cronos. 

Es cierto que al igual que don Carnal con Doña Cuaresma, Baco la tiene pérdida con el feroz Cronos. Su soberanía es efímera: dura lo que dura la fiesta, se extiende lo que se expande su tiempo gracias a los gritos festivos, al frenesí de la pachanga. Baco dura poco, muere en medio de una lucha perdida contra el tiempo. Pero en medio de las ventosas cronológicas que succionan nuestro todo, y nuestra nada, Baco va mutando en dionisios y alebrestados jokers y renace en medio de toda la anatomía del Cronos.

Dionisio-Baco, monstruo alegre, festivo, hormonal, y etílico, tiene la propiedad –tan añeja como el buen vino-de renacer entre el ancho cuerpo del Cronos. Muere cada vez que el tiempo se cansa de sus carantoñas, pero renace enardecido para la alegría de los hombres.


Al calor de Dionisio, creemos matar nuestro tiempo, cuando activamos nuestros verbos con nuestros amigos, al son de nuestras animosas conversaciones, mientras vuelan las serpentinas, estallamos los globos multicolores, le ponemos la cola al burro, le damos duro a esas piñatas  de las que se desprenden inesperadas sorpresas. Apuñalamos a Cronos, cuando se nos pasa el tiempo y bailamos frenéticamente gracias al ritmo cadencioso de una bachata de Juan Luis Guerra o de un vallenato berraco de Escalona. Después será inevitable toparnos con la figura mixta del becerro, matizada con lo humano y combinada con el tenaz felino.

Sin embargo, lo matamos al final de cada año vivido. Todos los años exterminamos al Cronos del año moribundo. Lo asesinamos y lo cercenamos con las garras del Dios Baco del último día de diciembre. Le clavamos una estaca en su corazón. Dejamos que se desangre en su propia hemoglobina. Y entonces, de sus calientes glóbulos, surgirá un nuevo hijo que crecerá, se reproducirá, llegará a la adultez y que también mataremos en su decrepitud, un año después, en otro 31 de diciembre, dominando por Dionisio en su breve reino, muerto y resucitado, en febril lucha con el amo Cronos, tal como perdió su mundanal fiesta, don Carnal con la sacra doña Cuaresma, en El libro del buen amor, construido por el Arcipreste de Hita.



*  Juan Manuel Zuluaga Robledo es comunicador social y periodista colombiano de la Universidad Pontificia Bolivariana, y Magíster en Ciencias Políticas de la misma universidad. Obtuvo una Maestría en Arte y Literatura por Illinois State University. Actualmente cursa un doctorado en Literatura Latinoamericana en University of Missouri.