Pavor

 por Silvio Litvin*


   Unos minutos y está lo suyo, don Wálter.
— ¿No irá a demorar?
— ¿qué falta Laura?
— Esta camisa y otra más.
— Es como le dije, tome asiento, serán cinco minutitos… Don Wálter… ¿me oye?.. Ah, Laura, el señor Wálter, uno de nuestro primeros clientes. Plancha muy lindo Laura, después me dice. Voy preparando el paquete.
Fue una impresión fuerte. Esa mujer, apenas peinada, vestida con un delantal celeste, le dio de lleno a Wálter. Como si lo que veía hubiera rebotado en su cuerpo, un sacudón. Era una señora. Viéndola bien, toda una señora. Nada de altivez sino de convicción. Una mujer que ya sabe.
Tan franca y sencilla era también su reposada sensualidad.
Él se sentó y como una ráfaga, su imaginación  corrió a lo loco escaleras arriba y muchos años atrás…

Uy! llegué, no  podía respirar por el  susto y  la corrida.  Agucé el oído,  sí, está  subiendo.  Me  oía  el corazón ¿Se oirá de afuera? ¿Qué hago si entra?
No me había visto entrar a mi pieza, ¿qué motivo tendría entonces de ir a mirar debajo de mi cama? Ahí donde yo estaba, muerto de susto, como si en unos segundos más…
Sabía que me había descubierto, yo sabía. Abrió tan de golpe…
La cosa era, que no se dé cuenta que yo estaba en casa. ¿Cómo podría saber si esa tarde me quedé o salí yo también?
Claro que podía haber estado mirando por la ventana. De ahí arriba se ve todo. Quién entra y quién sale.
La oigo, subió la escalera, se acerca… pasó. Fue a la pieza de mi hermano, ¿y por qué me va a buscar allá? ¿O no me está buscando? Ahí anda otra vez, ahora baja…uh, va a ser larga la cosa.
No eran todavía las tres de la tarde,  aguantando hasta las ocho, estaba salvado. Ya a las siete y media empezaban a volver. Si consigo ponerme la campera y bajar sin que me vean, saludo como recién llegado y a otra cosa.
De acá a las ocho… ¿Cuándo hice pis? Ah, sí un ratito antes del desastre. Ahora todavía no, pero un poco más y me vienen las ganas…
 No tenía que haberlo hecho.
 ¡Qué boludo! de puro apurado… Apurado.
Se sentía un olor raro debajo de la cama, como de mandarinas o tal vez   de aserrín.
Me relajé, había estado duro y torcido mirando hacia la puerta, por donde podía aparecer la sentencia final. ¡Ése fue! En cualquier momento.
Paciencia Wálter, por ahora te vas salvando.  Débil intento de consuelo.
Durante esa quietud forzada me acordé cuando la vi a Marta por primera vez. ¡Qué odio!
En el silencio de la tarde cualquier ruidito era una señal tenebrosa.
Capaz que alguna de las alcahuetas anden merodeando. Sigilosas, dañinas, verdaderas víboras. Cuanto más lejos mejor.
Uy parece que lo de mear se va a poner denso. 
No eran las cuatro todavía y ya empezaba el apremio.
¡Pobre Inés! En parte fue culpa mía también. Pero las chicas buenas… las muy desgraciadas… ¡Basuras! ¡Eran odiosas mis primas! En esos tiempos vivíamos todos juntos.
Yo sé que fueron con el cuento. No cabe duda. Claro que si yo no hubiera…
 La cosa había empezado hacía mucho. Como si hubiera sido desde siempre. Yo era muy chiquito cuando me acostumbré a estar al lado de Inés. Me había inventado  una táctica, pero de un modo tan mío, tan de todos los días, que llegó a ser un camino natural. Empezaba a hacer los deberes en la mesa grande de la cocina. Esperaba a toparme con alguna dificultad y entonces subía hasta el lavadero, donde Inés a esas horas planchaba. Wálter, me decía, qué sorpresa vos por acá.
Cómo me gustaba que se mostrara sorprendida por mi llegada. Todas las santas tardes.
Es que no me sale la oración que me piden, podía ser la razón que daba ese día. Y ella tomaba mi cuaderno y leía la  consigna. En seguida me lo devolvía y comenzaba a dictarme y yo escribía y escuchaba esa voz, ese canto a la dulzura, era como si entre la garganta de Inés y mis oídos, hubiera una cinta mágica que nos envolvía y nos acariciaba y nos hacía uno.
Sí que estaba enamorado de Inés. Y me la quedaba mirando, y ella  recibía mi mirada con su sonrisa de ángel.
Y llegaba el gran momento. Hace calor para estar planchando a esta hora, decía ella. Mientras, como sin querer, se desprendía un botón de la pechera de su delantal. Y ya estábamos a las puertas del paraíso. Otra prenda planchada y otro botón desprendido y yo embelesado. Y cuando ya sus senos jugueteaban con la abertura del delantal, ella se detenía y me esperaba. Y yo, trémulo, extendía mi mano y la tocaba. Tocaba el cielo con mi manito.
Cuando Milena entró corriendo alborotada al lavadero esa vez, ya llevábamos como dos años de tardes de estudio.
Milena gritó con rabia, ah, de esto se van a enterar todos, dijo y salió a los gritos llamando a una de sus secuaces, ¡Araceli!, ¡Ara!
Me faltaban pocos días para cumplir los once. No hubo fiesta, ni torta ni regalo.
Inés, parada con una valija colgando de su brazo, me miró y tuvo un impulso de abrazarme pero mamá lo cortó en el aire. Vos te vas a tu pieza, dijo. Y no la vi más. Pobre Inés.
Dos o tres días después apareció Marta. ¡Qué odio!
Marta era muy bonita. Pero  muy seria. Creo que era más linda que Inés pero muy seria. La veía más bonita pero nunca la había visto de cerca, no la conocía como a Inés. No me animaba a ir a verla cuando planchaba. Ella también planchaba a la siesta y al terminar se iba a bañar.
Cuando oía la ducha  de ella me daban ganas de ir.
Yo no sé si me llegaría a dejar. Pero nunca fui y ya habían pasado como dos años.
Tal vez si hubiera tenido más dedicación, si hubiera ido con algún problema de la escuela o cualquier otra cosa. De a poquito, como fue con Inés…
A las cinco y media me estaba meando encima.
¿Y si me voy de una corrida al baño? A ver si justo me la cruzo y se da cuenta que estoy en casa. Pero hasta las ocho no me aguanto…
La otra macana al final me la perdonaron pero había tenido que jurar…
Yo de acá no me muevo hasta las ocho. Alguien sube… Sí, son pasos… ah, entró al lavadero. Pero no volvió a cerrar la puerta… ahora sí cerró… otra vez pasos. ¡Sigue subiendo, viene para acá!
Ay el pis, con el susto me vinieron más ganas.
Tranquilo Wálter, acá no tiene por qué venir a mirar, qué sabe dónde estás…
Pero viene a mi pieza.
¡Sí, viene para acá, le veo las zapatillas azules!
¡Ay que se me escapa! Me mojé. ¡Pedazo de idiota! ¡Fuerza, que debe quedar como un litro ahí adentro!
Abrió el ropero. Uf, era para guardar ropa.
¡No aguanto más!
Podría sacar la almohada sin salir de acá abajo, traérmela y mearle encima. ¿Y si no absorbe? A ver si la embadurno con pis y lo mismo queda el charco.
En cuanto se vaya corro al baño.
¡Ahora también la panza! Ay, ay ¡es un pedo! Y sale, cortito y muy ruidoso y veo que las zapatillas giran y caminan para acá y Marta se agacha, nos miramos y ella larga una carcajada que no puede contener y se ríe y sigue riendo, arrodillada y yo corro al baño y largo el chorro y cuánto hubiera preferido que me descubra espiando por el ojo de la cerradura del baño y verla furiosa, antes que aguantarla riéndose y riéndose y riéndose…        

—Don Wálter… señor Wálter… ¿se durmió? Acá tiene su ropa. La señora salió, dice que vaya nomás,… que arreglan la próxima… que vaya… ¡que vaya, hombre!



*Nací en el barrio de Villa Crespo en Buenos Aires y me radiqué en La Rioja hace treinta años.
Soy psicoanalista y desde siempre he admirado a los escritores que me deleitan.
Fui columnista del suplemento cultural del diario local El Independiente. Una selección de los textos publicados edité como libro electrónico en CD, con el título UFAMÉRIDES.
De un tiempo a esta parte curso taller literario con Adriana Petrigliano.