Estás viendo mucha tele

por Luciano Piccoli* 

A Laura

Eran las nueve y cuarto de una noche que amenazaba con ponerse todavía más helada. El estómago empezaba a silbar su melodía de hambre. Así fue que mi compañera y yo decidimos preparar un guisito de fideos. Sospechamos con mucha seguridad que nos faltaban varios ingredientes. Abrimos la heladera pero nada. No quedaba ni siquiera aquel famoso limón sin exprimir del tema de Charly García. Ni una cebolla rodaba por las alacenas y sabemos que sin una cebolla, no se puede ni empezar. Pensé unos segundos, fruncí la boca pensando, miré el reloj. Todavía estaba a tiempo. Me abrigué, tomé las llaves, algunas chirolas y salí a la calle.
Antes de cerrar la puerta Laura me gritó desde la cocina: -¡Traé pañales! Tiziano había empezado a comer más y ya gozaba de una excelente salud a la hora de ensuciar sus pañales. Cerré la puerta. Me puse la capucha y metí las manos en los bolsillos mientras empezaba a caminar. Comencé a deslizarme por Pampa, la cuadra estaba desierta. El frío golpeaba en los huesos y un vientito desgarrador se me metía por las orejas. Me dirigí hacia una granja que se encuentra por Pedro Lino Funes. Estaba casi seguro de que era tarde. La doña cerraba a las nueve en punto en invierno, mientras en verano podía extenderse, quizás, media hora más. Apuré un poco el paso, llegue hasta la esquina, al doblar confirme la hipótesis: efectivamente estaba cerrada. Mientras puteaba el insoportable ruido de una moto rompió el silencio de la cuadra, yo apoyé una mano en la pared, solté un soplido y me quedé casi vencido, pensando. Unos segundos más tarde, reaccioné: ¡Los Chinos!- grite mientras se alejaba el sonido del motor. ¡Los Chinos laburan hasta las diez!- me dije a mí mismo en medio de la calle desierta. Había uno de esos por Liniers.
Hundí nuevamente mis manos en los bolsillos, ajuste un poco más la capucha y  comencé a caminar nuevamente, dejando atrás las recientes baldosas que olían mis huellas. El recorrido a destino era sencillo. Tenía que doblar por Sauce. Luego caminar hasta Liniers unas cuatro cuadras, girar a la izquierda unos cincuenta metros aproximadamente y ahí estarían Los Chinos esperándome.
 En el trayecto me crucé con un señor alto, de barba blanca y lentes que venía en dirección contraria a la mía. Yo hice un gesto tratando de saludar amablemente a pesar de no que no sabía quién era. Hacía poco que nos habíamos mudado a esta parte del barrio. Creo que le di miedo porque agacho la cabeza y ni siquiera me miró. Noté que se había puesto un poco nervioso. Acusó a una piedra de estorbarle en su camino y largó una puteada en voz baja mientras seguía caminando. Yo me detuve, giré la cabeza y me quede mirándolo. Primero no entendí su reacción pero luego sospeche que el problema había sido mi capucha. Entonces decidí quitármela e ir hacia donde él estaba para preguntarle la hora. Mientras recordaba que había salido sin más que las llaves. Tenía miedo de llegar muy justo, sobre el cierre de Los Chinitos. Habitualmente en estos locales sus dueños comienzan a pasar el trapo un rato antes de las diez, insinuando la “no bienvenida”. De todas maneras, seguí adelante y fui hacia el tipo. Cuando estuvimos cara a cara, el tipo se detuvo. Sacó de su bolsillo la billetera y al mismo tiempo que la depositaba en mis manos, me suplicó que no lo matara. La verdad es que yo no podría matar a nadie. Apenas supero los sesenta kilos. No tengo armas y mucho menos puntería. El dinero no venía nada mal, ya que andábamos sin un mango, porque me habían echado del laburo al haberme puesto de punta con los patrones. Pero yo solo quería explicarle que no me interesaba su dinero. Entonces volví  a insistir: -escúcheme señor. Me acerqué más. El hombre giró sobre su eje con una elasticidad, pocas veces vista en un señor de su edad y comenzó a correr. Mientras cruzaba la calle como un loco, casi se cae al intentar zafar de un cusquito que salió a clavarle sus dientes del que pudo escapar justo cuando estaba a punto de ser atropellado por una 4x4 que venía a unos cien kilómetros por hora por la cortada. Finalmente, se perdió bajo la tenue luz del asfalto. La situación me había superado. Con la billetera en la mano, me acerqué a tocarle timbre a una vecina que había visto toda la escena detrás de su ventana. Al acercarme la doña bajó las persianas violentamente y me amenazó con llamar a la policía, diciéndome: -Mira que tengo un arma y no tengo problema en vaciarte el cargador en las patas, pendejo, si no te rajas ya de acá. La voz de la doña hablaba de lo alterada que estaba. Así que decidí, al menos correrme de allí.

El hombre, la doña. Habían insistido tanto que ya empezaba a creerme el papel de chorro. ¿Cómo podía ser? Yo lo único que quería era resolver este conflicto que se había generado y poder irme de “Los Chinos” a comprar las cosas para el guiso. Por suerte, me quedé unos minutos sentado en la esquina, para que no me viera la doña, un pibe que vivía en la cuadra  y que yo conocía de vista, se acercó y me dijo que había visto todo y agregó, sonriendo: -no te hagas drama que yo sé donde vive el hombre este. Si querés, le llevamos la billetera. Lo mire, solté un poco de aire, me quedé un instante callado y luego, le dije: - Mirá, te agradezco pero yo no quiero seguir con esto. Si vos se la podés llevar buenísimo. Sino que se joda por paranoico ese barbudo. A esa altura  ya estaba bastante caliente, a punto de perder la cordura. Me decidí y le di la billetera al  “Petizo”, así llaman a este muchacho que pasaba gran parte del día yendo de una esquina a la otra, saludando a todos, silbando o cantando algún tema de Los Redondos. Èl la agarró y la metió en su bolsillo: -Quedate tranquilo que ya se mismo la llevo. Le  agradecí nuevamente y seguí mi camino.
Toda la escena me había quedado dando vueltas en la cabeza. Ese tipo me había hecho pasar un mal rato solo por mi capucha. Ni siquiera había dejado hablar, casi instintivamente me había dado su dinero en mis manos en medio de una ceguera notable. Para después salir disparado por las calles, pudiendo ser atropellado por una camioneta. Seguramente habría llegado a su casa agitadísimo, escupiendo miedo por sus labios, poniendo trabas en todas sus puertas, para finalmente encerrarse con su esposa y sus hijos en una habitación a pedir seguridad al “Dios del Miedo”. Seguramente exigía mano dura, llorando aterrorizado por “vivir así”. Seguramente, depositaría su fe en el peor lugar, en ese todopoderoso dueño de los templos más oscuros, en donde reina la delincuencia, la corrupción y las peores violaciones. Pero a fin de cuentas, ese no era mi problema, así que retome mi destino, estire los brazos, volví a ponerme la capucha y comencé a dirigirme otra vez hacia Los chinitos.  
Parecía que todo había terminado cuando, cuando media cuadra más adelante, de pronto aparece un pibe de unos veinticinco años con un enorme rottweiler que al verme comenzó a mostrar su preciosa dentadura con ganas de atacarme. El pibe, que era apenas más grande que yo, apenas si lo podía retener. Astuto, el flaco le metió una patada cortita pero violentísima en las bolas. Al instante la bestia quedó mansita reposando en el piso.         
Lo cierto es que me había pegado un cagazo bárbaro y el pibe me decía: -No pasa nada, no jode más, se enojo por la capucha ¿vos sabes que el perro ve una capucha y se pone malo che? Enseguida me saqué la capucha por si acaso el perrito volvía a perder el control y le dije: -Bueno me quedo más tranquilo. De todas maneras, rajate de acá con el perro porque no ando con ganas de ser carne. No quiero que me morfen. El flaco se rió y le dio un tirón a la cadena para levantar a la bestia. El animal obedeció enseguida y juntos comenzaron a alejarse. Volví a caminar, ahora un poco más apurado, a los pocos metros me di vuelta y le grite al flaco: -¡Che, ese perro esta mirando mucha tele! Se sintió la risa del pibe. En el vacío de la cuadra adormecida un cusquito soltó apenas un ladrido a lo lejos. Pocos metros hicieron falta para encontrarme nuevamente en el sonido solitario de mis pasos. Ya sin la capucha y después, del gran cagazo que me había dado el animal, me dirigía directo al Supermercado Chino. Cada vez sentía al viento más en los huesos. ¡Por suerte ya estaba a pocos metros del destino!
Había llegado. Levanté la cabeza y vi que que el chino salía como un rayo del Súper y le metía una patada voladora en el mentón a un muchacho que estaba  por arrancar su  moto en la vereda, dejándolo tirado en el piso. Mientras vomitaba de sus labios palabras que, por supuesto, ni yo ni el flaco entendíamos. Gritaba y escupía al gritar, levantando una pierna como haciendo una grulla. El flaco de la moto, que por cierto no era tan flaco, recupero rápidamente el conocimiento. Se puso de pie y le metió una piña terrible entre la frente, los ojos y la nariz, con su mano de enormes nudillos. Otra vez, estaba en medio de un quilombo. Mientras me metía, pensé: ¿¡Para que salí!? Afortunadamente el chino, después de semejante piñón, decidió quedarse en el molde y optar por la charla para solucionar el inconveniente. “Yo no te robe nada”, el pibe le repetía. El oriental lo acusaba de haberse metido una cebolla en el bolsillo. “Mira si te voy a robar una cebolla”, lee explicaba sacando la tela de ambos bolsillos para afuera. Me decidí e intervine en la charla, diciéndole al pibe: -Bueno ya está. Qué va  ser. Se confundió. Viste cómo son estos. No tenía nada contra los Chinos. Solamente quería que se resolviera el conflicto para poder, al fin, comprar las cosas. Todo se aclaró. El escuálido oriental pidió disculpas en su lengua y el muchacho le palmeó suavemente un hombro, sin entender demasiado que le había dicho, pero captando el mensaje para posteriormente retirarse acelerando varias veces su moto.
Por fin estaba adentro del Supermercado. Tomé rápidamente las cosas que necesitaba: un paquete de fideos, una lata de tomates, un pedacito de queso para rallar, un vinito medio pelo como para acompañar la noche helada y pañales para el nene. Pagué en la caja y fui hacia la verdulería que se encuentra en el ingreso del supermercado. No sé porque todos los Súper chinos subalquilan el espacio ese para la verdulería de un argentino. Tercerizan la verdulería y por lo general, también la carnicería que siempre se encuentra al final del salón. El verdulero, un tipo de unos cincuenta años aproximadamente, bastante robusto, con una cabellera abultada color blanca y gruesos bigotes del mismo color; parecía bastante lengua suelta ya que no paraba de hacer chistes mientras esbozaba húmedas carcajadas que hacían temblar los cajones de las verduras. Enseguida le pedí las cebollas, un poco de papa y dos bananas. Me hizo un par de preguntas que respondí ligeramente con una sonrisa. Le pagué con cambio justo para apresurar mi partida y salí nuevamente al frío de la noche, de la calle. Decidí no ponerme la capucha. No quería volver a pasar por aquellos sucesos que me habían puesto de mal humor. Además ya tenía todo para el guisito. Sólo deseaba llegar a casa para compartir con la familia la hermosa noche. 
Los pasos retumbaban uno tras otro en el asfalto dando cuentas del apresurado andar de mis piernas. Así, atravesé calle tras calle hasta llegar a la puerta de casa. Apenas abrí la puerta de casa, se acercó Tango, nuestro perro. Olfateó mis pantalones con apuro, al mismo tiempo en que agitaba velozmente su cola. Le hice unas caricias en la cabeza, cerré con llaves la puerta y descansé en la cálida ternura del lugar. Dejé las cosas sobre la mesa. Me acerqué a Laura y a Tiziano. Les di unos cuantos besos. Ellos también me regalaron los suyos, seguidos de abrazos que sacaron enseguida el frío de mi ropa y me hicieron olvidar, al instante, los hechos ocurridos camino al Supermercado Chino. La  inseguridad me había sorprendido vestida de personajes que aparentaban ser normales. Mi capucha me ponía en peligro cuando, en realidad, los peligrosos eran ellos.





*Luciano Piccoli nació en Rosario en 1980. Vive en el barrio Azcuénaga ubicado en la zona oeste de la ciudad. Es cronista y músico. Desde esa parte del universo nacen sus crónicas y sus músicas que describen las realidades de los habitantes del lugar, las historias de los comunes en el escenario cotidiano de la lucha y las problemáticas de una sociedad autómata, cada vez más encerrada en sí misma. Está preparando su libro primer libro Luz de mercurio y soles de aquí. Crónicas de Azcuénaga. Se lo puede leer bajo el seudónimo de Francisco Domingo en: revistalacallejera.blogspot.com.ar   
Sus crónicas aparecen publicadas en la revista La Callejera, proyecto colectivo que nace en el año 2000, momentos previos a la explosión social del 2001. La Callejera tuvo publicaciones impresas desde el 2001 hasta el 2010, con interrupciones que fueron parte de un proceso de construcción colectiva. Hoy el proyecto sigue transformándose y comparte fuerza con LA FUGA, espacio de libertad y expresión que también dice y hace a través de los sonidos y sus palabras.