El miedo mismo

por Alejandra Araceli Romero


Cuando me propusieron escribir sobre los miedos, me dio miedo. ¿Cómo abarcar un tema sobre lo que se ha escrito tanto desde los intentos por comprender una emoción con raíces en lo más arcaico del ser y que a la vez se muestra como lo más variablemente personal? Intentaré delimitar…

Como psicóloga, tengo una mirada sobre los temores que en principio apunta a develar su significación, y lo que sigue tiene que ver con el alivio de la tensión que provoca esta emoción tan fuerte. Me gusta distinguir entre los miedos personalísimos y los miedos ancestrales. La índole personal dada por la singularidad de aquello temido. Cada persona es un mundo dice el slogan de una empresa de celulares y yo agrego: cada persona es un miedo y cada miedo tiene su dueño.

En mi consultorio se presentifican infinidad de miedos. Son miedos que van  adquiriendo forma y entidad a medida que avanza el proceso terapéutico. Desde el miedo al miedo de las fobias, hasta los miedos solapados y los ocultos, los muy encubiertos pero también los que ya vienen manifiestos como motivo de consulta: miedo a la oscuridad, al encierro, a los espacios abiertos. Se teme a escenas, a cosas, a animales y a personas. Temor a aventurarse, a emprender un viaje, a avanzar, a probar cosas nuevas. Pero también miedo a detenerse, a cortar con algo, a decir basta, y a poner límites.

En el orden de lo ancestral rige el miedo más absoluto: el miedo a la muerte. El estado de la muerte sigue estando en el orden de lo incomprensible y lo desconocido. Y es que en esencia, tememos a lo que desconocemos.

Y aquí quisiera hacer foco para describir un miedo que es motivo de una preocupación propia y con el que me enfrento cotidianamente en mi trabajo en el Inadi**. Me refiero al miedo al Otro.  Al Otro diferente, ajeno, que se percibe hostil y que sienta la base de la discriminación.

Carl Gustav Jung, psiquiatra y psicólogo suizo, “puso un poco de luz sobre el tema” y teorizó sobre “la sombra” para explicar los aspectos que rechazamos de nosotros mismos y que permanecen por debajo del umbral de la conciencia. Simbólicamente se suele homologar la luz con la conciencia y lo inconciente con la oscuridad, de allí el concepto de sombra que siempre está en relación con la luz. Así es que la persona proyecta sus aspectos rechazados en otros y se plasma claramente en los diversos modos de discriminación. Se explica así porque se rechaza al extranjero, al pobre, a las personas con discapacidad, a las personas homosexuales, a los locos y las locas, a los y las gitanos/as. ¡Se les tiene miedo! También son objeto de discriminación las personas que no encuadran en un paradigma de lo normal, lo perfecto y lo bello. Y en esta línea de pensamiento podríamos conjeturar que, posiblemente, nuestro propio miedo a la falla y a la fealdad nos lleve a discriminar…

Jung planteaba: "Debido a la falta de conocimiento del otro lado surge una gran inseguridad interna, no sabe uno a ciencia cierta quién es, se siente uno inferior en algún punto que no desea conocer. Con ésta nueva inferioridad se consigue aumentar la ya existente" y desde allí esa inferioridad se la adjudicamos al “otro”.

Temer al “otro” nos aleja de nosotros mismos, nos limita y nos pone en el lugar de la lógica del amo/esclavo y del rechazo.

Si tenemos miedo a lo que desconocemos, pues conozcamos! Conocer implica ampliar nuestros horizontes: entender.

El “cuiqui que nos paraliza” seguramente nos está develando la necesidad de resolver y avanzar en el entendimiento.

Mensaje final optimista: es posible vencer y superar los miedos. Solo precisamos en principio reconocerlos, para luego decidir enfrentarlos. Y recién decodificarlos para llegar al entendimiento. Y esa iluminación, opera tal como cuando éramos niños y la luz que se encendía, hacía que mágicamente dominemos todo fantasma.



Lic. Alejandra Araceli Romero Riojana, 46 años. Divorciada. Madre de 4 hijos. Maestra Nacional de Bellas Artes. Psicóloga egresada de la Universidad Nacional de Córdoba. M.P 061. Atiende en su consultorio particular desde hace 19 años. Trabajó en la Defensoría General, en la Residencia Educativa Nueva Vida, la Dirección de Niñez, la Secretaria de la Mujer y la Escuela Especial María Madre del Buen Camino. Actualmente es Delegada del Inadi** La Rioja (Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo). Autora del Libro “Cualquier semejanza con la realidad NO ES COINCIDENCIA” (2011)