Destino de una lágrima / Adiós

 Por: Sara Manghesi*

Destino de una lágrima

La lágrima, rebelde, cayó del ojo izquierdo de Margarita Ordóñez sobre la carta que escribía, y se fundió con el adiós recién registrado en tinta azul-negro lavable sobre el papel perfumado. Sin proponérselo, entró al sobre, escondida entre el segundo y el tercer pliegue, y algo apretujada, esperó que Margarita lo cerrara, y escribiera con su letra prolija y menuda “Señor Nicandro Cuestas – Presente” en el anverso.

Luego viajó  cómodamente en la cartera negra, al lado de las llaves y debajo del pañuelo húmedo, mientras Margarita bajaba por la escalera los seis pisos que separaban su departamento de la calle. El trayecto hasta la parada del colectivo y los veinte minutos de viaje, le permitieron explayarse generosamente por gran parte de la misiva, amparada en el silencio y la oscuridad.

Al llegar al edificio de la Avenida Perú en el que Nicandro Cuestas, a escondidas, alquilaba un ambiente para ocultar su antiguo romance con Rosa Miranda, Margarita Ordóñez traspuso la puerta, subió al ascensor, y apretó el botón que indicaba Terraza, mientras la lágrima, ya en completa libertad, seguía impune su recorrido por la carta. Acción que hubo de interrumpir bruscamente, alarmada por el estrépito de la caída.

En la vereda atestada de transeúntes reunidos por la morbosa curiosidad habitual, el policía revisó las pertenencias del cadáver y luego de efectuar las anotaciones de rigor, tomó el sobre, subió con él al ascensor hasta el quinto piso –siguiendo las indicaciones del encargado- y lo entregó en mano a Nicandro Cuestas. Éste lo abrió, entre sorprendido y atribulado, y en medio de una enorme mancha de tinta azul-negro lavable, alcanzó  a leer el adiós perfumado de Margarita Ordóñez, justo antes que la lágrima terminara de borrarlo.


Adiós

Me despedí de vos sin decir palabra, sin cita concertada para hacerlo. Fue el día en que sin darte cuenta, genuflexo ante el carisma de tu ídolo, arriaste las banderas que portabas orgulloso, henchido de ideales, y en un puñado, las perdiste en el baúl de los olvidos.
No advertiste mi silenciosa huída. Yo sentí desbaratada el alma y con el impulso de su agónico crujido desplegué mis velas, levé el ancla, me abandoné al viento que secaba mis lágrimas, y puse la mirada en la nostalgia.

Al llegar al refugio de mi casa enjaulé los colores que inventamos, maté el sonido, me vestí de nada, y en silencio, me conecté a la red, tecleé sin pausa, y dibujé mi adiós en un e-mail que rebotó en el satélite, a miles de kilómetros, para caer al instante en tu PC, ahí, a tres cuadras, helado.

*Sara Manghesi: escritora de La Rioja, Argentina. Publicados en el libro "Valijas con voces".