El viajero

 Por: Marian Jana Ortiz
Foto: Marian Jana Ortiz

“Como la luna alumbra, por la noche los caminos, como las hojas al viento, como el sol que espanta el frio, como la tierra a la lluvia, como el mar que espera al rio, así espero tu regreso, a la tierra del olvido”.La tierra del olvido/Carlos Vives


Foto: Jimena Vera Psaró

Existen los viajes largos, los viajes cortos, los obligados, los necesarios, los turísticos, los esperados, los olvidados, los meditados…existen los viajes severos, que sin necesidad de movimiento corporal o de transitar, la mente va más allá de la realidad vivida, ocasionada por estados alterados de conciencia, en donde los sentidos se alertan, abrazados por las diversas sensaciones que se desvanecen en gotas que salen de la piel, un sudor constante, un gran síntoma de exaltación como respuesta a lo que la mente está observando, desde maravillosos paisajes hasta imágenes creadas en el instante.

El viajero, en muchos casos es considerado como un ser libre, dependiendo del “trip que se meta”, además de los medios que use para lograr llegar a sus destino, si lo tiene, es fundamental mediante la trayectoria hacer una especie de documentación, pensando claro está, es ese futuro, en donde se vive de los recuerdos, esos recuerdos que se crean a partir de las vivencias y experiencias que deja el conocer y presenciar, las maravillosas creaciones del ser humano, que a partir de las culturas, costumbres, climas y vegetación, se hacen tan diversos que la vida misma se queda corta para lograr recorrer un kilometraje apreciable sin límites.
El límite, ¿limite?, esto también es creado por el hombre a pesar de estar ligado por una concepción imaginara, para las físicas y demostrables existen las llamadas socialmente como fronteras, tránsito social que obliga a dividir los espacios geográficos del mundo, identificando las culturas que pertenecen a cada región. A pesar de que este termino de frontera está “restringido” en temas políticos, la soberanía es uno de los resultados de ello.
Se crean límites definidos en porciones de tierra, agua y aire, en donde la territorialidad es cosa seria, y no demostrarla también, como dicen, “el que no quiere a su patria no quiere a su madre”; las actuales generaciones han demostrado la capacidad del viandante por lograr recorrer hasta los últimos rincones de este planeta habitado, siendo verdades ciudadanos del mundo que aunque siempre se pregunte ¿de dónde eres?, generando una identidad, se pueden fusionar las culturas, conocerlas, respetarlas y saborearlas, sin pensar en perjudicar otras naciones.

Atreverse
Aunque salir de una zona de confort, resulta mentalmente imposible, hasta cuando se hacen viajes por gusto, poder llegar a espacios mágicos, es una sensación inigualable. Tener la libertad y la capacidad de cruzar esas fronteras, que no solo se refieren a los límites espaciales, sino también aquellos que nos regala la meditación y los mundos antimateriales, es poder aprovechar todas las capacidades temporales que la vida misma obsequia.
Existen el viajero adictos, ese forastero que es ajeno a los nuevos espacios, pero que sus pupilas se vuelven secuaces a las maravillosas vistas y lugares que ofrecen muchos territorios, este adicto deja de ser influenciado por el factor dinero, ya que comprende y experimenta varias formas de sobrevivencia y lo más importante de movilidad para poder llegar a sus próximos destinos. Con el tiempo  este tipo de viajero, hace que su adicción a viajar sea una gran capacidad cultural, que por más libros y enciclopedias que haya consultado, no superaran nunca, todo los conocimientos extraídos de cada uno de sus viajes, y de cómo puedo exprimir cada uno de estas ilustraciones y seres vivos que se hacen más fuertes dependiendo la capacidad de inmersión en los espacios.

“El viajar siempre trae consigo – Yo nunca había visto algo así, ¡algo tan hermoso!“. Julián Ramírez. 26 Años. Viajero adicto.