El último viaje

Por: Jimena Vera Psaró

Se ha muerto Pedro Molina / donde lo irán a enterrar, / la luna llena de anoche / se lo llevó a vidalear. / 
Mi copla de despedida / y así le quiero pintar, / un cuadro en el infinito/ dolido y rectangular./
Quiero grabar su partida/ le quisiera dibujar,/ un colchoncito de estrellas/ pa´ que pueda descansar./
Se ha muerto el macho Molina/ de zonda su corazón,/ se le cortó la chirlera/ se fue de agosto y color./
Pinceles desconsolados/ se marcha el viejo pintor,/ de luto las acuarelas/ retumba triste el tambor.
Pica Juárez

Es día domingo y desde la mañana el Museo de Arte Moderno Octavio de la Colina (MOC) de La Rioja, Argentina permanece abierto. En una de sus salas hay coronas de flores y un féretro. La primera sensación de contemplar ese cajón abierto, es centrar la mirada en la caja chayera, al ramo de albahaca y al pañuelito de colores tan característico en él, anudado con soltura en su cuello. Si traigo de nuevo ese recuerdo a mi mente, debo decir que no veo el cuerpo de Pedro, él no estaba ahí dentro, sino en las paredes de las salas con sus obras, en el gesto de la gente que fue a despedirlo, en los abrazos, las lágrimas, en la música de los copleros, en las pinceladas de los artistas que pintaron la tapa del cajón a pocos metros y en cada recuerdo evocado.



Pedro Alberto Molina fue un trascendental grabador y artista riojano reconocido en el país e internacionalmente. Sus obras pueden encontrarse en Latinoamérica y Europa y es probable encontrar su obra expuesta en diferentes ciudades. Se formó en la Escuela de Artes de la Universidad Nacional de Córdoba y continuó sus estudios en el Instituto Superior de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán graduándose como Licenciado en Artes Plásticas (1962). Allí fue ayudante-alumno de Pompeyo Audivert. Interesado en el arte precolombino y el barroco Iberoamericano, fue un artista bohemio y trashumante que a sus 80 años no dejaba de viajar. Vivía en La Rioja, pero tenía un taller en Tilcara, Jujuy (a más de 800 km). Realizó varios viajes de estudio por el norte de Chile, Bolivia y Perú. Vivió en España, perfeccionándose en Litografía en el Conservatorio de las Artes del Libro de Barcelona y en Grabado Calcográfico en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid. Entre tantas cosas, también fue Director General de Cultura de la Municipalidad de la Ciudad de La Rioja, trabajaba en el MOC y era una fuente generosa de consulta para aprender y recibir su obra, presente también en  tapas de libros y discos de numerosos artistas que se lo solicitaban. Atahualpa Yupanqui le pidió una vez una obra suya para un disco, pero el sello que lo grababa, eligió poner una foto para el pesar de los artistas desilusionados.

La muerte de un artista saltea páginas en el libro de la vida de toda la sociedad, porque su obra deja intempestivamente de dar cuenta de su reflejo avizor. Tras la muerte de Pedro, su último viaje, la sensación de vacío era clara, porque todos quienes lo querían de alguna forma u otra habían proyectado algo con él, muestras, un reconocimiento de la universidad nacional, hacer algún trabajo juntos, pero sobre todo compartir su generoso tiempo, hacía valer la contemporaneidad con un gran maestro. Los espantos de agosto que no se pudieron conjurar, se llevaron en pocos días a muchos seres queridos. La tradición de los pueblos originarios del norte argentino sostiene que cada inicio del octavo mes, además de dar gracias a la Pachamama, la madre tierra, hay que beber en ayuna caña con ruda para espantar los males. Este agosto fue particularmente malo. La tradición y lo originario fueron siempre parte de los dibujos, pinturas, grabados  y coplas de Pedro Molina, un generoso referente para los artistas. Una de sus facetas era el Pedro contador de historias: sus relatos unían su experiencia personal con la fantasía de tal modo que hacían intangible la línea de lo real, si su vida misma estuvo repleta de grandes experiencias. Pedro cantaba coplas y vidalas con su caja chayera, una forma de decir la vida en golpes rítmicos, de recitar la memoria, de exponer el presente, era parte de la caravana de copleros que cada febrero recorría las calles de la ciudad anunciando la fiesta de la Chaya, con un ramito perfumado de albahaca tras la oreja, la cara cubierta de harina y rodeado de música y color. Su velorio fue como una fiesta, como él lo quiso y merecía, con artistas plásticos pintando, abrazándose y mirándose a los ojos. Sus hijas y hasta su nieto más pequeño tomaron pinceles y colores para conmemorar en ese día un recuerdo un poquito menos triste. Así fue también el adiós a otro gran pintor del grupo Calíbar, Miguel Ángel “Toto” Guzmán.
Calíbar fue un grupo de artistas riojanos de mediados de los años cincuenta integrado por muchísimos artistas plásticos, escritores y poetas; luego se agregó gente de la música y el teatro, tomó su nombre de un personaje que era rastreador. Simbolizaron su presencia con pajaritas de papel que dejaban en los lugares en donde se reunían.  “Los ideólogos del grupo fueron cuatro: los poetas Ariel Ferraro, Pedro Herrera y Ramón Eloy López, y el artista plástico Mario Aciar que en aquel momento era pintor y grabador y luego se dedicaría a la escultura y a la cerámica artística. Al poco tiempo se integraron los poetas y escritores José Paredes, Carlos Mario Lanzillotto, María  Argüello y los pintores Estanislao Guzmán Loza, Zalazar Jhonson, Pedro Molina,  Miguel Dávila, Carlos Cáceres, Leopoldo Torres Agüero, Leopoldo Presas (participando en una sola exposición), Ramón Artemio Soria, Alfredo Portillos, Julio Colmenero, Towas, Carlos Zárate, Rainero Fallabrino, Pavón Villarreal y Miguel Ángel Guzmán, pintor que no llegó a exponer con el grupo pero sí participó en las reuniones y en el armado de algunas muestras. Los músicos Pierángeli Vera y Daniel Moyano (gran violinista y eximio escritor), gracias a la labor de Carlos Cáceres como funcionario de Cultura de la Provincia, lograron crear el primer cuarteto de música clásica de La Rioja. Las andanzas y aventuras del cuarteto en sus recorridos por el interior serían recordadas por Moyano en su libro “Un silencio de Corchea”, escrito en la España de su exilio. Vinieron también José Santiago y su mujer, Elda, desde Córdoba para dar cursos y formar el Elenco Estable de la provincia”. (Escrito de Diana Guzmán).
De todos ellos, queda ahora un solo integrante vivo, Alfredo Portillos, pero el movimiento cultural provocador y de gran riqueza cultural es un legado para todas las generaciones.
El domingo en que se despidió a Pedro, un grupo de copleros llegaron cantando, rodearon el cajón y entre el tun tun de las cajas le pusieron música y palabras a la despedida. Una copla es una forma de canción poética, un lamento que se conversa. Y esa pena coloquial duró todo un día y parte del siguiente. “Un último viaje” pintó su nieto en la tapa del cajón. “Ya estarás con tus ángeles arcabuceros, dele coplear…”