Los desmontes no nos dejan ver el bosque

Cadenas que se usan para desmontar, tirándolas entre dos máquinas topadoras

Por: Lucas Seghezzo Cortázar
(texto e imágenes)

Cuando me pongo a escribir sobre los desmontes en la región del Chaco, y en particular en la provincia de Salta, me sobreviene siempre una duda: ¿Me conviene escribir un texto más “técnico” y, dirán algunos, más convincente, escudándome en mi profesión de investigador científico, o debo dar rienda suelta a mi mucha bronca y poca inspiración amparándome en mi frustrada vocación de escritor? Terrible duda.

Por ejemplo, podría decirles, como hombre de ciencia, que el 28 de noviembre de 2007 se aprobó la Ley Nacional 26.331, cuyo nombre completo es “Ley de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de los Bosques Nativos”, pero que se conoce como la “Ley de Bosques”. Que esta ley regula la protección, enriquecimiento, restauración, utilización y manejo de los bosques nativos y de los servicios ambientales producidos por ellos. Que esta ley fue concebida principalmente como una manera de reducir y controlar la deforestación indiscriminada de los bosques nativos. Que dicha ley también reconoce los derechos ancestrales al territorio de las comunidades indígenas, en un todo de acuerdo con otras leyes nacionales (Ley Nacional 23.302 de pueblos originarios y Ley Nacional 26.160 de tierras indígenas), con la Constitución Nacional del año 1994, con el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ratificado por Argentina en el año 2000, y con la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los Pueblos Indígenas adoptada en 2007. Podría decirles todo eso y nadie me lo sabría discutir porque es irrefutable. Fue exactamente así.
Departamento Anta de la provincia de Salta
También podría contarles, todavía como científico, que la Ley de Bosques obligó a las provincias a realizar procesos participativos de Ordenamiento Territorial de los Bosques Nativos (OTBN) para clasificar dichos bosques de acuerdo a tres categorías de conservación: categoría I (alto valor de conservación), categoría II (valor de conservación medio) y categoría III (bajo valor de conservación). Que estas categorías debían ser representadas en un mapa mediante los colores rojo, amarillo y verde, respectivamente. A los que quieren saberlo todo les informaría que en la categoría I los bosques deben permanecer intangibles y en estas áreas sólo son posibles usos ancestrales de los pueblos originarios e investigación científica; que en las áreas identificadas bajo la categoría II son posibles el turismo, algunas actividades productivas “sustentables” bajo estrictas normas de control, y la investigación científica; y que la categoría III está disponible para la extracción de madera, la agricultura y la ganadería bajo las limitaciones impuestas por las leyes ambientales vigentes. Para que quede claro: los desmontes pueden autorizarse solamente en la categoría III, y luego de la aprobación de un Estudio de Impacto Ambiental y Social (EIAyS). Todo esto que parece complicado pero no lo es tanto, sería también digamos que indiscutible porque es lo que dice la Ley de Bosques, palabras más o menos.
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Si me dejara llevar por mi otro yo, quizás debería continuar diciendo que la idea de la Ley de Bosques, como su nombre completo lo indicaba bastante claramente, era proteger los bosques nativos. ¿Protegerlos de qué? Protegerlos de los desmontes, claro. O sea, digámoslo: protegerlos de nosotros mismos. Protegerlos de las topadoras y las cadenas, de la codicia del mercado global, del avance indiscriminado de la mal denominada “frontera agropecuaria”, ese eufemismo con el que se suele hacer referencia a la tala rasa, a la especulación inmobiliaria, a la expulsión de campesinos y comunidades indígenas, a la producción de carne o soja para los mercados externos siempre tan ávidos de mandarnos sus divisas.
Departamento Anta de la provincia de Salta

¿Y el mapa de tres colores que pedía la Ley de Bosques?, preguntarán ustedes. El mapa se hizo. Luego de muchas idas y venidas y demasiadas polémicas, se pintaron al fin de tres colores los bosques nativos que todavía no talamos. Pero se pintaron a los brochazos y con pintura al agua de la que se lava fácilmente, se pintaron sin ningún respeto por la ciencia o la técnica, sin participación pública genuina, porque lo pedía la ley nomás, puesto que la idea fue siempre desmontar los bosques a como dé lugar, sin importar los colores de una ley que no pidieron y que nunca pensaron cumplir. Hecha la ley y pintados los bosques, los demonios de la burocracia se las ingeniaron a puro decreto para que los desmontes se autoricen, no desde un mapa de tres colores, como debería ser, sino a lapicerazos desde la colina afrancesada y de buena vista en la que nuestros funcionarios provinciales hacen la vista gorda con la ciudad a sus pies y sienten engordar sus cuentas bancarias con los pies sobre los ciudadanos.

Controlo un poco la bronca y les cuento, haciendo un esfuerzo de objetividad, que en los últimos años, digamos los últimos diez o quince, la tasa de deforestación en la región del Chaco salteño fue la más alta del mundo: se perdió aproximadamente un 2.5% de los bosques nativos por año. El promedio latinoamericano en el mismo período fue 0.51% y el promedio mundial fue 0.20%. Desde la sanción de la Ley de Bosques, en la provincia de Salta se deforestaron 350.000 hectáreas, de las cuales 100.000 se encontraban en áreas protegidas por esta misma normativa, o sea en zonas amarillas o rojas. Fue la segunda provincia donde más se taló, después de Santiago del Estero. ¿Qué tal? (esto último lo dice el escritor frustrado). Les podría dar muchos más datos si yo tuviera más espacio y ustedes más ganas (el científico).
Departamento Anta de la provincia de Salta

El escritor también se lamenta de que la idea de la Ley de Bosques, supone, era debatir sobre el tema entre todos. Como algunos saben y otros niegan, ese debate no se dio. La discusión sobre el tema de los desmontes y el famoso ordenamiento que pedía la también famosa ley podría haber sido muy interesante si hubiera estado centrada, por ejemplo, alrededor de la vieja pugna entre “productivismo” y “conservacionismo”, la lucha histórica y aparentemente irreconciliable entre la naturaleza y la cultura.

¡Qué lindo que hubiera sido! Me lo puedo imaginar y todo (dice el escritor). En este rincón del debate: los productivistas que nadie conoce pero que están, deben estar, argumentando con datos científicos el por qué de la urgente necesidad de producir más y más commodities como la soja. El cuánto dinero entra en esta sociedad que ellos consideran sedienta de dólares. El cómo hacen o harían ellos para generar más trabajo porque hasta ahora no parece demasiada la mano de obra que se necesita para hacer soja.

El qué van a hacer para garantizar que produciendo soja y carne no se van a llevar puesta la tierra, el viento, el fuego y el agua. El dónde van a dejar algo de los bosques nativos que la ley dice proteger, con sus pueblos nativos adentro y gozando de buena salud física y cultural. El qué diferencia hay entre lo que ellos llaman vocación productiva y nosotros percibimos como una devastación lisa y llana.

Restos de Palo Santo
En este otro rincón del debate que no se dio: los conservacionistas que también los hay, refutando con información también científica los argumentos de los productivistas y explicando por qué creen ellos que no, que soja mejor no. Por qué consideran que a los bosques no hay que tocarlos (no a todos, por lo menos). Por qué es necesario respetar a rajatabla los derechos de los indígenas y de los campesinos y de la naturaleza que también existe. Por qué creen ellos que no nos vamos a morir de hambre sin la soja transgénica que se terminan comiendo los chanchos de la China o sin la carne de feed lot que sale con puré de manzanas en París o con salsa de tomate en Nueva York.

Hubiera sido lindo asistir a o participar de ese debate (coinciden el científico y el escritor). Un debate simple, dirán algunos. Sí, requetesimple, recontrasimple. El debate se podría hacer mucho, pero mucho más complejo si queremos y nos animamos. Pero me hubiera gustado igual, dicen ambos. Un simple debate pero debate al fin. Como les decíamos, es una lástima que ese debate no se dio. No se dio en esos términos. El debate, si es que puede llamarse debate, que ninguno de nosotros cree que, fue “soja” versus “bosques”. Ni siquiera eso, digamos que fue “la guita” versus “la nada”. De un lado, los sojeros, los matarifes, los madereros, los especuladores inmobiliarios, los políticos, quizás no todos pero cerca. O sea la guita, el poder. Del otro lado algunas ONG, no muchas, uno que otro intelectualoide sin acceso a los medios, cierto escritor malogrado, quizás un par de técnicos de aquella institución estatal que podrían haber levantado la voz pero decidieron que para qué, no sea cosa que los echen. O sea casi nada.
Quebracho Blanco
En el medio de este no-debate, leí que alguien había escrito que lo contrario de la guerra no es la paz sino el debate. Sin debate todo termina siendo una guerra real o virtual que, como toda guerra, como toda violencia, es inadmisible. Una guerra de intereses, de ocultamientos, de roscas, de negocios, de destrucción, de suicidios, homicidios, femicidios, genocidios, ecocidios y geocidios, de extinción. Sin debate, la única paz posible es la Pax Romana, o sea la paz de los vencedores, la de los cementerios llenos de víctimas. Sin debate, la cuestión de los desmontes en Salta (y en todo el país) quedó reducida a un monólogo, a una tragedia argentina, a una mala comedia en la que los Oscares se los llevaron algunos actores famosos y otros no tanto, en la que el trabajo sucio no lo hicieron ni Rambo ni Terminator sino nuestros mismísimos representantes en la legislatura, y en la que algunos actores de reparto en quienes habíamos depositado tanta fe terminaron actuando un penoso rol secundario al servicio de los poderosos. Seis años más tarde de la aprobación de la Ley de Bosques el debate sigue ausente, al mapa de tres colores se lo pasan por detrás, y los bosques se siguen ausentando día a día, árbol tras árbol.

A esta altura del artículo, como verán, el científico calla respetuosamente y sólo se oye la bronca del escritor que pudo haber sido, a quien los desmontes le llenan los ojos de lágrimas y no lo dejan ver el bosque que todavía queda en pie.


Vaqueros, Salta, 16 de noviembre de 2014

Dr. Lucas Seghezzo. Escritor. Licenciado en Recursos Naturales. Máster y Doctor en Ciencias Ambientales por la Universidad de Wageningen, Holanda. Investigador Independiente del CONICET. Vicedirector del Instituto de Investigaciones en Energía No Convencional (INENCO), Universidad Nacional de Salta (UNSa). Colaboró en informes a la Corte Suprema de Justicia de la Nación en el marco de causas iniciadas por poblaciones aborígenes y criollas afectadas por procesos de tala y desmontes en la provincia de Salta, Argentina.