Montañas Sagradas

Por: Claudio Revuelta

Cerro Negro Overo (5900 msnm) / Sierra de Famatina (1)
En el Mundo Andino es común percibir a los elementos naturales como seres con vida propia, algo que se aleja mucho de nuestra manera occidental de concebir el paisaje. Todo está animado, imbuido de una vida interior. Ríos, rocas, lagunas y montañas tienen la capacidad de incidir en la vida de las personas, ya de manera benévola o causando el mal. Se les tiene respeto, se les teme, pero también se los adora y se les guarda cariño, características éstas que constituyen la conocida dualidad andina donde los opuestos conviven y se complementan, pero no se rechazan.

En este contexto, las montañas son objetos de veneración y respeto, y se les hacen ofrendas en su honor. Hábitat de espíritus y ancestros, se convierten en padres o madres tutelares que guían la vida agrícola y ganadera a sus orillas. Son lugares sagrados conocidos como Apus, Mallkus o Achachilas, según la región andina que se trate. Las montañas representan deidades proveedora de ganado, asociadas muchas veces a la lluvia, la fertilidad de la tierra, las labores agrícolas, la prosperidad económica y la salud humana. Son también el lugar donde moran los antepasados. La etnografía recogida por Joseph Bastien en el año 1963 en la localidad  kallawaya de Kaata (Bolivia), ha mostrado como tanto las leyendas, como los ritos comunitarios, simbolizan a la montaña homónima como una montaña humana. Así también, en la actualidad, la multitudinaria peregrinación al santuario del Señor de Qoyllur Riti (Perú) en la región de Sinacara, a más de 4700 msnm, son interesantes ejemplos de la importancia de estos espacios en la vida de los Andes.
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En tiempos del Tawantinsuyu, los incas realizaban una ceremonia denominada capacocha que consistía básicamente en realizar ofrendas humanas (niños) en las cumbres nevadas. El caso de los cuerpos congelados de los tres niños incas hallados en lo alto del volcán Llullaillaco, en la provincia de Salta, es resultado de aquella ceremonia, convirtiendo al cerro en lugar de adoración y ofrenda. Existen muchas montañas en Argentina donde se han recuperado cuerpos humanos ofrendados como el Aconcagua (Mendoza), el Toro (San Juan), el Chuscha o el Quehuar (Salta), por ejemplo. Además, en las cumbres se construían una serie de estructuras o recintos de piedra de formas rectangulares o cuadrangulares que han recibido el nombre de “santuarios de altura” por los arqueólogos. En nuestra provincia de La Rioja, los investigadores han localizado santuarios de altura en las dos cumbres principales de la Sierra de Famatina (el Gral. Belgrano y el Negro Overo), como también en la cordillera riojana en el Veladero, el Cerro Morado, el Bonete y el Reclus, entre otros.

En definitiva, las montañas en los Andes devienen en lugares cargados de significados. Un paisaje socializado que contiene conceptos y sentimientos acerca del mundo. Una construcción de la naturaleza distinta a la que estamos acostumbrados, una poética andina del paisaje que nos enseña modos de ternura y crianza en el cauce de una acequia, en los animales salvajes, en el río o en la piedra. Esta poética del lugar supone una forma de adentrarnos al mundo desde otra orilla. Hay un espacio andino con su poética a cuesta que reclama la verde herencia de las yaretas.
Cerro Gral. Belgrano (6097 msnm) / Sierra de Famatina (2)


* Imágenes correspondientes al cronista andino del Siglo XVII, Felipe Guaman Poma de Ayala, perteneciente a su obra “Nueva Crónica  y Buen Gobierno” (1615), donde se observa la veneración, ofrenda y sacrificio a la montaña.

1 y 2: Fotografías de Claudio Revuelta