Hablando de correr...

Por: Adriana Grossi

CORRER NO ES SÓLO LLEGAR A LA META, TAMBIÉN ES RECORRERSE. 
Es meterse por túneles que uno no sabía que existían. Es sacarse varias pieles como una Mamushka. La de adentro puede parecer la más insignificante pero es la real, la completa, la indestructible. A ella  encuentro cuando corro.

Hace algunos años, (muchos), cuando pensaba que todo era posible, cuando soñaba con ver derrumbado el muro de Berlín y cuando pensar a Mandela libre, era ya un acto de fe enorme. Aún cuando el corazón era joven e ignorante y una creía con total certeza que el mundo alguna vez sería justo, aún en ese tiempo, correr era para mí, un acto heroico reservado para algunos elegidos.

Las Alemanias se unieron y Mandela fue presidente pero correr seguía siendo un placer ajeno. ¿Cómo podría yo siquiera intentar parecerme a uno de esos hombres o mujeres que llegaban desfallecientes a la meta y lloraban al romper la cinta? Sólo era capaz de admirar en la pantalla del televisor esos músculos tensos y brillantes acomodados en salida baja. Un escalofrío que empezaba en la nuca y bajaba hasta los pies, aparecía cuando se escuchaba el disparo y los veía volar. No podía ni siquiera imaginarme qué podrían sentir ellos que habían entrenado años para jugarse todo en diez segundos, o menos.Los miraba y admiraba con la estúpida certeza que yo nunca sería capaz de hacer algo parecido.


LAS PASIONES QUEDAN
Y la vida pasa pero esas pasiones quedan, por eso, volvieron a flor de piel cuando alguien por casualidad me contó que recién había regresado de correr ochenta kilómetros en las yungas tucumanas. Nunca se me había ocurrido que se pudiera correr más que un maratón, como si la hazaña de Filípides en la Antigua Grecia, hubiera marcado el límite absoluto. Y fue así, preguntando intrigada de qué se trataban esas aventuras de montaña que reviví mi antiguo sueño y, por esa vez, me sentí capaz o elegida.

Empezar no fue fácil, requirió paciencia para lograr una buena transición de una caminata normal a una rápida para finalmente poder trotar algunos minutos.


LA GRAN META
Unos tres años después de haber comenzado, tomé la decisión visceral de inscribirme en el maratón de Buenos Aires. Faltaban seis meses y cuando se los transmití a mi entrenador, él se limitó a asentir. Supe que confiaba en mí y eso me dio seguridad.

Desde ese momento las salidas a correr se volvieron cada vez más regulares e intensas y cada límite que superaba, un logro que merecía ser festejado. En pocos meses pasé de correr ocho kilómetros a quince y luego veinticinco.

A veces hace mucho frío, otras, mucho calor. A veces una quisiera pasar más tiempo con los hijos, o con los amigos, o sola. Pero elije ponerse las zapatillas y salir. En ese momento, justo cuando se dispone a empezar, cuando meter aire a los pulmones cuesta, cuando las piernas se sienten pesadas, cuando duele algún músculo o articulación, allí indefectiblemente te preguntas ¿para qué hago esto?, ¿por qué me someto a sufrir?

Porque correr es sufrir y es aprender a tolerar ese sufrimiento. Y sólo se progresa insistiendo.

Y mientras se corre la mente vuela. Y ahí también empieza el disfrute. Claro que la cabeza podrá estar atenta a cuándo cuidar las energías, a cuándo acelerar, hidratarse o comer. Pero fuera de esos actos casi mecánicos, la mente se desprende del cuerpo y puede volar al ritmo de la música, la que se lleve en un reproductor o la de ciudad o la de la naturaleza. Puede imaginarse en cualquier sitio, conversar consigo misma o con quien le plazca.

La cabeza manda. La cabeza te lleva más que las piernas. Cuando todas las señales internas te dicen que pares, que ya está, que es suficiente, vos sabes que todavía no llegaste a tu meta y te inventas lo que haga falta para seguir: pones esa canción que te levanta, rezas, repetís una frase de aliento, te visualizas llegando…


Estos últimos meses he corrido casi siempre sola, escuchando música e imaginando cómo serán esos 42,195 km. Me pregunto tantas cosas: ¿Cómo será correr junto a otras doce mil personas? ¿Cómo será ser alentado por otros miles? ¿Resistiré todo el recorrido, tal como es mi objetivo, trotando? ¿Cuánto lloraré cuando alcance la meta? ¿Será un ejemplo para mis hijos? ¿Pensarán que si su madre, jamás deportista, corrió su primer maratón a los 41 años, realmente todo es posible cuando uno trabaja por ello?

Todas preguntas sin respuesta por otros diez días. Sé que será un día extraordinario, cualquiera sea el resultado. Un día visagra, un día de partida;  que será el principio de muchos otros desafíos.