Los amantes de la Gran Muralla

Por: Jimena Vera Psaró
“No llegaste a mi vida
ni yo arribé a la tuya
sino que veníamos caminando
desde lados contrarios 
y nos topamos de frente 
para reconstruir el círculo 
que habíamos olvidado”
*autor desconocido


Marina Abramović (Yugoslavia, 1946) artista serbia que se considera a sí misma “la abuela del arte de la performance” conoció a “Ulay” (Uwe Laysiepen; Alemania, 1943.Artista de performance y fotógrafo) en Ámsterdam en 1975. Desde el primer momento que se vieron, no se separaron por más de 13 años, no solo como pareja sino también conformando un activo dúo de arte llamado el “El otro”. Exploraron con su propio cuerpo conceptos como el ego, lo ritual, lo simbólico, las relaciones humanas y la identidad del artista, llevando cada obra al extremo con la necesaria participación del espectador quien muchas veces actuaba al límite de la resistencia moral y física.

Quienes estuvieron cerca de la pareja en esos años, cuentan que juntos se comportaban y vestían como si se tratase de un mismo sujeto, y el eje de su trabajo fue la propia relación como pareja. En ese tiempo surgieron obras como “Relation in Space” donde interactuaban en la sala poniendo en escena la dependencia, el poder y la relación de ellos como artistas con los espectadores, o la pareja conduciendo su automóvil dentro de un museo dando 365 vueltas, mientras un líquido negro salía del automóvil formando una trama en el suelo. 

Después de esto, idearon “Death self” (La muerte misma), en la cual unieron sus labios 17 minutos, tiempo en que cayeron inconscientes por el exceso de dióxido de carbono en sus pulmones. Con esta obra manifestaron explorar la habilidad del individuo de absorber la vida de otra persona, cambiándola y destruyéndola. En otra performance, “Rest Energy” (1980), sostenían un arco tirante cargado con una flecha y apuntando al corazón de Abramovic, con sólo la fuerza de sus cuerpos manteniendo la tensión. Micrófonos grabaron la rápida aceleración del pulso de ambos. 

También posaron desnudos en el marco de una puerta por donde debía pasar el público atravesando ese espacio único que sostenían mirándose, se gritaron, cara a cara, hasta quedarse afónicos y exhaustos. Estuvieron sentados a los dos lados de una mesa, en silencio, en ayuno y sin moverse, durante 16 días, hasta que él tuvo que ser internado. Mientras tanto, como su arte no les daba casi para comer, vivieron en el espacio reducido de una furgoneta durante cinco años, duchándose en estaciones de servicio, y cambiando trabajo por comida. Ambos confiesan que si bien fueron años durísimos fueron profundamente felices.

2500 Km de muralla


Su mimesis como pareja exploraba la sintonía y la absoluta confianza en el otro, así fue también su despedida. Tardaron 8 años en conseguir la autorización para caminar por la Gran Muralla China. El plan original era caminarla cada uno desde un extremo, y al encontrarse en el medio se casarían. Pero en lapso que tardó en concretarse la acción, la pareja se rompía. No obstante decidieron que recorrer la muralla era una forma simbólica de terminar con la relación.

La Muralla no solo concebida como un objeto de defensa, sino también con toda la carga en cuanto a réplica del universo representa: para la concepción oriental la obra empieza en el Mar amarillo, donde la cabeza del dragón está enterrada en el mar, la cola está en el desierto de Gobi, y el cuerpo está en las montañas. Ulay entonces empezó como el fuego desde el desierto, y ella como mujer desde el mar, el agua. Recorrieron la Gran Muralla China -unos dos mil kilómetros a pie en tres meses y cuando se encontraron en el centro, la pareja se abrazó y decidieron decirse adiós para siempre. El fin de la performance también consumó su separación para seguir como artistas individuales. Esta fue sus últimas obras juntos. “El final fue el momento más dramático de mi vida” afirmó Marina.

Abramović quedó destruida tras la ruptura, mientras Ulay hablaba de ello con emociones encontradas. La acusaba de haberse enredado con un amigo en común, mientras él simultáneamente y a miles de kilómetros, dejaba embarazada a su traductora china (durante los viajes de preparación de la performance).

Luego de ese abrazo definitivo en la Gran Muralla no se volvieron a ver hasta 23 años después, cuando Marina estaba en el MOMA de Nueva York con la muestra retrospectiva, mientras que ella ejecutaba la performance “La artista presente” inmóvil en el atrio del museo (lo que supuso que ella pase sentada 176 horas y 30 minutos), y las personas podían sentarse frente a ella y mirarla a los ojos por un minuto. Cuando se retiraban, ella cerraba los ojos y cuando los volvía abrir, había otra persona.

Ulay se hizo presente, se sentó frente a ella y cuando Marina abrió los ojos y lo vio, grande fue la emoción contenida de ambos. Las personas presentes en el museo, fueron testigos de la espontaneidad e intensidad de éste encuentro que quedó registrado en un video (ver enlace al final de la nota). Al finalizar su minuto de conexión Ulay se levantó de la silla y se fue.